Consumo ético y responsable

 

Síntesis presentada en la plataforma “Consumo ético” de la Alianza para un mundo responsable y solidario

 

 

Reflexiones sobre la cultura consumista contemporánea

 

En nuestra sociedad, la maximización del consumo individual se convirtió en una prioridad con el ascenso de la burguesía moderna. Después de la Primera Guerra Mundial, se produjo la industrialización del trabajo doméstico y las mujeres empezaron a trabajar en la industria y, después de la Segunda Guerra Mundial, floreció el consumo en masa, iniciándose la “era del sueño americano”, con la exacerbación del consumo doméstico, especialmente la televisión, vehículo de este nuevo estilo de vida. En los años 80, la internacionalización de los mercados y del capital permitió que la sociedad de consumo nacida en Estados Unidos se extendiese más allá de sus fronteras, con la consecuente universalización de sus productos e iconos en todos los países y lenguas. Y el proceso de globalización actual ha difundido en la mayor parte del mundo, a través de la tecnología y de los medios de comunicación electrónicos, la interiorización de una cultura con un alto grado de consumismo, individualismo e inmediatez.

El hombre moderno se ha vuelto adicto a los bienes fugaces, efímeros, desechables. Los objetos pierden su valor inmediatamente después de su adquisición, ya que las pequeñas alteraciones en la forma, la tecnología o el estilo dejan obsoletos los productos anteriores: el ritmo acelerado de reemplazo de productos del mercado imprime una obsolescencia programada en los productos. Además, la poca durabilidad de la producción en masa a bajo coste garantiza que los consumidores vuelvan a buscar nuevos productos. En general, la gente no intenta reparar los objetos, ya que es más fácil tirarlos y comprarlos nuevos. La conservación y el reciclaje sólo son una forma de ahorrar en tiempos de crisis. Pero, aparte de estos productos de escasa durabilidad a corto plazo, existen también los desechables inmediatamente, fabricados para un solo uso, como los vasos de plástico, las botellas “PET”, etc., que generan un grave problema medioambiental.

Aunque el consumo se ha utilizado como uno de los puntos clave para comprender muchas sociedades y épocas, en la sociedad moderna ha reducido el proceso de socialización a la exaltación del objeto y ha convertido al individuo en un espectador. Pero la población actual, a pesar de tener acceso a un consumo cuatro veces y media más elevado que el de sus abuelos en el cambio de siglo, con una enorme variedad de comodidades tecnológicas, no ha experimentado un gran salto en su calidad de vida, ya que no se ha producido un incremento proporcional de la felicidad y la realización. En la carrera por alcanzar un mayor poder adquisitivo, las fuentes de satisfacción humana básicas quedan relegadas a un segundo plano. El placer inmediato y fugaz perpetúa un sentimiento de frustración e insatisfacción, ya que crea una situación de dependencia de patrones de vida ajenos al individuo, que provocan su desarraigo y deshumanización.

 

 

 

 

 

La “Modernización de la pobreza”

 

Uno de los reflejos de este modo de vida consumista es la incapacidad del hombre moderno para desempeñar actividades habituales del día a día y, en consecuencia, la dependencia de productos y servicios especializados accesibles a través de relaciones de compra y venta. Esta situación se deriva de la minimización del tiempo dedicado a las cosas que no sirven para producir capital, como el tiempo dedicado a la familia y a los amigos y de una comprensión básica del funcionamiento de las cosas. La “modernización de la pobreza” (Illich, 1978) se refiere, por tanto, a una experiencia de empobrecimiento de las habilidades mentales y operativas frente a los problemas cotidianos, que se convierten en necesidades de consumo. Cuando impera este tipo de pobreza, la vida sin bienes de consumo o prestación de servicios parece imposible.

El plástico sustituyó a la cerámica, los refrescos sustituyeron al agua, el Valium sustituyó a las infusiones de tila y los CD sustituyeron a los instrumentos. De este modo, el hombre ha ido perdiendo la capacidad de responder a sus necesidades con sus propias habilidades, dependiendo cada vez más del dinero para satisfacerlas artificialmente. El mundo moderno no estimula la confianza en uno mismo y la autonomía.

Y esta destitución del potencial inherente a cada persona no se limita a las tareas cotidianas y a los conocimientos específicos (educación, salud, etc.) sino también a la concepción del mundo. El trabajador-espectador-consumidor es condescendiente, se conforma sin intentar analizar desde un punto de vista crítico los hechos, renunciando a un entendimiento personal del mundo. Acaba creyendo que carece de aquello que los especialistas y la publicidad lanzan para que él lo considere como una necesidad.

El hombre moderno está cada vez más desprovisto de las herramientas necesarias para su autonomía y se ha vuelto incapaz de resolver sus propias necesidades a través de la experiencia propia. Busca la libertad de superar el dominio de la necesidad a través del consumo de medios de satisfacción, olvidando que libertad no significa la desaparición de las necesidades, sino la autonomía del hombre respecto a sus imperativos. Queda el sentimiento de “indiferencia” hacia el hombre transformado en mercancía, origen del malestar y del vacío existencial contemporáneo, que se manifiesta a través de una desesperada e interminable búsqueda de satisfacción en el consumo.

 

 

Desarrollo y desigualdad: perspectiva a gran escala

 

El avance del progreso industrial y tecnológico se identifica con “el” proceso de civilización. Los pueblos que no adoptan esta creencia son despreciados y marginados por la sociedad globalizada, que promueve la importación de estilos de vida en nombre de una “modernización” que se autojustifica. El desarrollo de las potencias actuales se alimentó a través del proceso de descolonización, con la formación y la ampliación de mercados consumidores, articulando las economías nacionales bajo un capitalismo con niveles de desarrollo diferenciados. Los países que no poseen el control de porciones del mercado mundial y del capital financiero y tecnológico necesario permanecen “subdesarrollados”, ya que el progreso exige un pacto de subordinación basado en relaciones de dominación y dependencia y la interiorización de una fuerte autocrítica descalificadora. Los países que hoy están “a la cola” del progreso sirvieron durante siglos como trampolín del crecimiento de las grandes potencias, lo que, en otras palabras, significa que el modelo de desarrollo vigente se basa en un patrón colonial de explotación.

 

"El nivel de vida en los países ricos del norte no podría ser tan elevado si no se hubiese explotado –y se siguiese explotando- tanto el sur colonizado. Si todo el trabajo que suponen los productos vendidos en los países ricos se pagase a los niveles de un obrero especializado alemán, la mayoría de esos productos serían tan caros que sólo una pequeña minoría podría comprarlos. El concepto denominado desarrollo –que Vandana Shiva llama ‘mal desarrollo’- no es un proceso evolutivo, de abajo arriba, sino un proceso de polarización, en el que algunos se vuelven cada vez más ricos a costa de los que cada vez se vuelven más pobres. Hace 200 años, el mundo occidental sólo era 5 veces más rico que los países pobres actuales. En 1960, esta relación ya era de 20 veces y, en 1986, de 46 veces más. La riqueza de los países ricos crece cada vez más deprisa y dentro de un mundo limitado y eso significa que crece a costa de los demás, a los que sigo llamando ‘colonias’” (Mies: 1991, pág. 38).

 

El desequilibrio existente en las relaciones Norte-Sur es lo que Vandana Shiva llama “mal desarrollo”, o sea, un proceso de radicalización de las desigualdades socioeconómicas entre los países. Y, a su vez, este proceso de explotación se repite en el ámbito interno en los países explotados, con la polarización de las clases sociales y la concentración de la renta, conseguido mediante la explotación de los conciudadanos relegados a la condición de miseria.

La creciente gravedad de los problemas generados a escala global por el modo de vida consumista en el ámbito social, humano, cultural, medioambiental y económico nos hace plantearnos algunas preguntas: ¿Hasta cuándo será posible mantener este tipo de relación entre los pueblos? ¿Es deseable este tipo de desarrollo? ¿Estamos dispuestos a soportar los riesgos y costes de esta guerra contra la propia “humanidad” del hombre y de la naturaleza?

 

 

Sensibilización y acción personal – visión a pequeña escala

 

En este contexto, la acción humana a pequeña escala suscita innumerables preguntas relativas al consumo ético, que exigen una postura individual que responda a la de un actor social transformador.

El cambio de actitud frente a la realidad se impone como una necesidad urgente. El primer paso en este sentido es la percepción de una “miseria radical” que no tiene número, color, nombre ni opción. Que se caracteriza por carencias básicas como la desnutrición, la vivienda indigna, el analfabetismo y el desempleo y revela una desigualdad radical entre privilegiados y excluidos. Que está oprimida por la burocracia, por la tecnología, por la discriminación. Que es inhumana, ya que suprime cualquier idea de comunidad. Una miseria que es fruto de una racionalidad impersonal y de una sociedad que no se compromete a resolverla y que culpa a los marginados de sus carencias, de su atraso, de su falta de cultura, de su subdesarrollo. Por lo tanto, es necesario asumir la responsabilidad de la gravedad de la situación actual. Abstenerse de realizar esta tarea es un acto inhumano, puesto que la posibilidad de “escandalizarse” y actuar es lo único que revela la existencia, todavía, de una “humanidad”.  

Entre las acciones posibles relacionadas con el consumo individual, surge en un primer momento la elección de productos “verdes” o ecológicos (con tecnologías menos contaminantes, embalajes mínimos y reciclables, consumo mínimo de energía, etc.). Pero consideramos necesario plantear algunas preguntas importantes en este debate: Si los cambios de actitud se limitan a la elección de productos ecológicos, ¿estaríamos tocando el punto clave de la cuestión, es decir, el consumismo? ¿O sólo estaríamos fortaleciendo el llamado ecobusiness?

Los mecanismos para la constitución de un “mercado verde” insisten en una racionalización mercantil que crea instituciones y redes internacionales de certificación como la ISO 14.000[1] y varios sellos verdes que no ponen en entredicho el modelo de desarrollo y consumo hegemónico. Otra vez más, sólo las grandes empresas privilegiadas pueden pagar para cumplir todas las exigencias, y los pequeños productores locales que trabajan de forma sostenible siguen estando alejados de los incentivos para conseguir este tipo de “sello”.

Un modelo de desarrollo políticamente alternativo requiere criterios de sostenibilidad ya no basados en el mercado sino en un debate de valores en el ámbito de la ética, o sea, en la necesidad de acciones dirigidas hacia patrones y niveles de consumo ecológicos y socialmente justos. Por lo que respecta a las modificaciones de los patrones de consumo (elección de productos y servicios correctos en el ámbito social y medioambiental), una de las opciones posibles es el rechazo del consumo de productos generados en condiciones de dominación y dependencia y/o que degraden el medio ambiente. En esta línea, una cuestión importante en la actualidad es el rechazo de los alimentos transgénicos, un proceso que, una vez iniciado en la naturaleza, se considera irreversible, además de poseer graves consecuencias económicas y sociales (monopolio de la producción de semillas y pesticidas, dependencia de las importaciones, debilitación de la agricultura familiar, mayor coste para el consumidor, etc.), riesgos medioambientales (pérdida de biodiversidad, aparición de plagas de enormes proporciones, contaminación genética, etc.) y de salud (las cobayas presentan alteraciones en el sistema inmunológico y los órganos vitales, alergias y efectos cancerígenos), y en Brasil no existe ninguna regulación de etiquetado obligatorio y completo de estos productos. Para ello, es necesario el desarrollo generalizado de una consciencia crítica que permita entender las implicaciones del consumo individual. Boicot (¿por qué no?) a la manipulación y a la explotación del ser humano. Dejar de comprar productos más baratos porque están fabricados en China o en Indonesia en donde las condiciones de trabajo son infrahumanas es un paso. Optar por productos biológicos un poco más caros porque están producidos a menor escala por asociaciones de pequeños productores es otro. Y es que la connivencia con el sistema se concreta en el consumismo alienado y en relaciones cotidianas en donde impera el principio de “aprovecharse del prójimo”; vicios cotidianos estimulados por la ideología individualista y responsables de los crueles desequilibrios sociales referidos diariamente en los informativos.

Aparte de todo esto, el mercado necesita y produce consumidores que nunca dicen “¡Basta!” ¿Es este hecho algo deseable? ¿Qué se nos exigirá si transigimos con este sistema? ¿Y qué consecuencias tendrá para la humanidad seguir por este camino?

Los niveles de consumo (volumen de consumo de bienes y servicios) se mencionan poco porque son el tabú y la base de la sociedad mercantil. No se cuestiona demasiado del consumo en sí, es decir, de la insostenibilidad del volumen creciente de productos consumidos diariamente por nuestra sociedad. La justificación es que cualquier debate sobre límites negaría las bases de la sociedad de mercado, que no acepta ninguna forma de restricción de la producción y del consumo, ya sea legal o ética. En ausencia de esta reflexión, se mantienen intactos los comportamientos destructivos de una mentalidad basada en el consumismo y en lo desechable.  La maximización de la estimulación del impulso de compra, confrontada con la elección racional y consciente revelan que la frontera entre el concepto de necesidad (demanda contingente/dominio de uno mismo) y deseo (estructuralmente insaciable/dominio del otro) está cada vez más difuminada, instaurando un consumo ininterrumpido y carente de sentido crítico. Entonces se plantea una pregunta fundamental: ¿Qué necesitamos realmente para vivir?

 

 

Desafíos colectivos para un consumo ético y responsable

 

En nuestra sociedad centrada en el mercado, el medio ambiente y el propio ser humano son reducidos a la categoría de mercancías. Por este motivo, es necesario invertir las premisas en debate, para no estimular nuevas formas de mercantilización de la vida y de apropiación privada en la disputa por el capital medioambiental. Un modelo de desarrollo alternativo requiere criterios de sostenibilidad ya no basados en la lógica de mercado, sino en un debate de valores en el ámbito de la ética. Para ello, hay que cuestionarse el consumismo en sí mismo, es decir, la sostenibilidad del volumen creciente de productos consumidos cada día por nuestra sociedad.

Una concepción ética y cultural debe fundamentarse en una visión del mundo capaz de ofrecer apoyo y solidaridad ante la situación de extrema vulnerabilidad de una gran parte de la población mundial y resultar en una actitud ética frente al prójimo y a la naturaleza. Significa dejar de considerar la economía como el centro de todo, introduciendo en el debate valores que hay que preservar. La ética debe ser el concepto clave que aporte sentido y tiene que volver a ocupar su lugar. La sociedad tiene que optar entre una identidad enraizada en el SER o en el TENER. El culto a la imagen superficial y desechable, unido al espectáculo de la publicidad, garantizan  el sometimiento completo a la manipulación de los deseos e impulsos emocionales. Nuestra sociedad ha separado, de forma inaudita, la imagen del contenido, condenándose a sí misma a un vacío existencial viciado en un consumo constante como forma de satisfacción. ¿No es ahora el momento de reconstruir colectivamente ese vínculo perdido? ¿Reunir lo externo con lo interno para una mayor coherencia y realización personal? ¿Pero cómo propagar y multiplicar estas reflexiones y acciones en movimientos sociales y políticos más amplios?

Los estímulos que incitan al consumo nos invaden a través de la publicidad en todos los espacios de la vida moderna (vallas publicitarias en las calles, anuncios en la televisión y la radio, etc.) y para resistirnos a ellos creemos que es fundamental actuar en 2 ámbitos: la educación y la información. La educación, para estimular la formación de mentalidades críticas y la defensa de una ética que respete y asuma responsabilidades respecto a los Demás. E información para permitir las opciones, la elección, el poder del consumidor: ¿A quién estamos apoyando con nuestro consumo? ¿Estamos estimulando el mantenimiento de relaciones de producción semiesclavistas de las empresas subcontratadas por las multinacionales o contribuyendo con las pequeñas iniciativas que tienen un fuerte compromiso social y ambiental? Pero, ¿cómo saber cuáles son estos productos y mercancías? ¿Cómo saber si el lápiz de labios que hemos comprado contiene el hambre de las mujeres de Bihar o la tortura de miles de cobayas y ratas en laboratorios? La globalización, al fragmentar los procesos productivos hacia los países del mundo que ofrecen mejores ventajas comparativas, encubre las relaciones explotadoras de producción de las mercancías, ya que los esquemas de tercerización y subcontratación internacionales dificultan el control y la fiscalización permanentes, incluso de las empresas que se declaran ecológicas. Así pues, resulta fundamental descubrir las relaciones de explotación inherentes a las mercancías en venta para transformar las relaciones de mercado en relaciones personales concretas. Esto implica un proceso de aprendizaje que cuestione el vínculo entre las relaciones que establecemos en nuestro trabajo y nuestras vidas y las relaciones de explotación que impregnan los productos que consumimos. También amplía el concepto de libertad subjetiva interiorizado por cada uno e incrementa la autonomía mediante el conocimiento general de la naturaleza, la historia y la vida en otros países, estimulando un rechazo al conformismo y a la manipulación mercantil. La sistematización de este conocimiento podría difundirse a través de movimientos organizados relacionados con diversas temáticas (mujeres, medio ambiente, raza, trabajadores). Además, es preciso apoderarse de medios informativos (Internet, universidades, movimientos sociales, etc.), creando mecanismos para obtener datos, divulgar campañas, ofrecer información y promover debates de forma amplia sobre las relaciones que se establecen entre los hombres a partir de un elevado consumo individualista. Una estrategia fundamental es la sistematización de formas alternativas de interacción en los procesos productivos, la circulación del producto, la organización social, el procesamiento de la información, los niveles y los patrones de consumo, etc. que exijan un aprendizaje de responsabilidad y solidaridad hacia el presente y hacia la vida, consolidando un saber comprometido con la búsqueda de soluciones, atreviéndose no sólo a elaborar teorías, sino también a actuar. La sistematización de estas informaciones podría utilizarse entonces como una herramienta para una toma de decisiones más acertada sobre lo que necesitamos, lo que nos es indispensable y con quién contribuiremos con nuestro consumo.

Y aún más: ¿no será mejor para nosotros mismos y para toda la humanidad reducir voluntariamente nuestro consumo diario, priorizando y redescubriendo valores y formas de satisfacción no mercantiles, más directas y personales?

Un movimiento enfocado hacia una “cultura de permanencia”, fundamentada en un consumo con bases sostenibles y una economía solidaria, es incompatible con una actividad depredadora y consumista. Vivir de forma sencilla implica establecer relaciones más directas y menos pretenciosas cada día con el consumo, la naturaleza, el trabajo y, en definitiva, la vida. Sería la posibilidad de tener una sensación de mayor poder personal y compromiso, un equilibrio entre el exceso y la escasez. Pero para ello es fundamental redescubrir que las necesidades para conseguir un “bienestar” no se satisfacen con los símbolos del consumo. El modelo de pensamiento hegemónico en la sociedad actual crea obstáculos que no dejan ver la existencia de innumerables formas de satisfacción no mercantiles, es decir, que no implican la compra de productos. Un ejemplo es la dedicación de más tiempo a la relación con los hijos, que ha sido reemplazada por el consumo de juguetes y por la niñera electrónica moderna, la televisión. La sustitución de actividades consumistas con los niños (ir de compras, televisión, etc.) por momentos de intercambio afectivo, contribuye a desvincular las necesidades de afecto de los bienes materiales, satisfaciendo las necesidades de cariño, protección, comprensión, ocio, libertad e identidad que generan grandes beneficios emocionales y psíquicos. Pero esta actitud va en contra de la lógica capitalista, que depende de la creación y de la expansión de los mercados, y que opone una fortísima resistencia a través de la publicidad ofrecida en los medios de  comunicación que presentan el consumo como la mejor posibilidad de realización personal.

A causa de la asimetría que hay entre estas fuerzas, se necesita algo más que aptitudes individuales para provocar el impacto deseable en las grandes corporaciones capitalistas. Es fundamental la existencia de un movimiento social y político sólido. Así pues, el desafío radica en encontrar formas de movilización que no se limiten a la superficialidad de una “propaganda”, sino que puedan tener un efecto educativo duradero y multiplicador. Y esta movilización de los consumidores en general debe hacer hincapié en las diferencias de cada uno en este proceso, nacionales, regionales, étnicas, etc., ya que no se puede ignorar la diversidad de culturas y de los seres humanos reales.

"Sólo cuando un número considerable de personas estén preparadas para cambiar su estilo de vida y adoptar valores diferentes, los políticos y los empresarios les seguirán" (Mies:1991, pág. 40).

¿Será posible construir una voluntad política, personal y colectiva sólida para reducir el consumo y volver a dar prioridad a las “necesidades” humanas? ¿O esta idea sólo se considerará como un reflejo de una mentalidad “retrógrada” o de “idealismo estéril”? ¿Acaso no se puede  hacer nada para contraponer alternativas a la situación actual? ¿Es mejor conformarse con el status quo y quedarse de brazos cruzados o salir de la insensibilidad anestesiada para pasar a la acción, creando otras formas de relación que valoren y respeten la vida?

Creemos que el debate sobre el consumo ético debe extrapolar la lucha por beneficios directos individuales. Ésta implica el derecho universal a una vida digna, es decir, la posibilidad de un consumo sostenible para todos aquellos que, al vivir en realidades muy distintas y distantes de la nuestra con las cuales el sistema de producción y consumo mantiene una relación de explotación cruel, en la actualidad no pueden consumir nada.

Este texto es provocativo y pone en entredicho muchos conceptos a propósito, con la intención de invitarte a este debate, fundamental para la humanidad y el planeta en la actualidad y en los próximos años. Hemos planteado preguntas y ahora esperamos tus contribuciones para enriquecer el debate y construir juntos un texto colectivo con reflexiones y propuestas de acción sobre este tema.

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

ILLICH, I., 1978, Toward a history of needs. Nueva York, Pantheon Books.

MIES, M., 1991,  “Os modelos de consumo no norte:  causa da destruição ambiental e da pobreza no sul”, trad. Rede Mulher. In:  Cadernos da REDEH, Ano I, Especial, pp 35-44, Río de Janeiro.        

SOARES, F. P., 2000, “A Descartabilidade do Humano.  A dinâmica do consumismo na globalização contemporânea”.  Dissertação de Mestrado, COPPE, UFRJ.  

            



[1]    Certificación medioambiental centrada en el análisis del proceso productivo y de la prestación de servicios